La escalera

Hace cinco años mi hermano mayor organizó mi despedida de soltero, un viaje a Puerto Vallarta que duraría diez días, visitando los bares que aparecieran en el camino, la estadía y el regreso. Estaba a punto de casarme con la mujer de mi vida, de quien llevaba enamorado diez años, desde el último año de secundaria. Mi primer beso, mi primer y único amor.

No hubo nada más que desear durante el viaje, diversión, alcohol, baile, tan solo entablar conversación con mujeres que no volvería a mirar y tampoco tendría necesidad de hacerlo.

El regreso estuvo lleno de bromas acerca de mi absurda e innecesaria fidelidad, canturreos ebrios y animadas pláticas. Fue justo a tiempo cuando nos llegó la noticia del autobús sin frenos que chocó en la caseta de cobro. Tomamos la libre como una última aventura del viaje.

Al atravesar un pueblo llamado Compostela, sonreímos ante la imagen de un bar muy iluminado, del que se dejaba escuchar una música country que estuvo de moda al menos seis años atrás. Mi hermano propuso un último brindis y estacionamos junto a un Chevy oxidado y sin defensa.

Las siguientes dos horas fueron brindar con cerveza de un sabor agrio y fuerte, las personas eran desconfiadas pero llenas de una amabilidad que rozaba la inocencia. Cuando el ambiente tuvo un tono más alegre, la mitad de los presentes se hallaban brindando por mí, el futuro esposo. El pequeño bar contaba con sólo dos baños a los que se accedía por el exterior, al subir una escalera metálica para toparse con las únicas dos puertas.

Alrededor de la media noche hice aquella trayectoria, con el paso tambaleante y los oídos zumbantes. Cuando acabé y cerré  la puerta detrás, deseando haber atinado el chorro en el retrete, el mareo se apoderó de mí. Bajé las escaleras tomado del barandal con la fuerza suficiente para llevarlo conmigo, hasta que choqué con ella.

Su risa me sacó del estupor, era la muchacha más hermosa que había visto en mi vida, con el cabello negro cubriéndole los pechos hasta las costillas, envuelta en un sencillo vestido rojo como la sangre. No estaba dentro del bar, habría sido fácil de notar. Me trató como a un viejo conocido, me tomó del brazo y ayudó a bajar entre risas, a sabiendas de que yo no lograba dejar de mirarla. Me plantó un beso justo antes de volver adentro. El beso maravilloso de mi vida, el roce de su lengua con la mía resultó el equivalente del mejor sexo que hasta entonces había tenido.

Las horas siguientes apenas las recuerdo, más cerveza, más bromas. Alboroto al mirarme bailar por primera vez en el viaje, con una mano en su cintura y otra en su mano que no deseaba soltar, las miradas extrañas y recurrentes hacia ella.

Recuerdo el momento en que me besaba el cuello, en una habitación que despedía un aroma a viejo, a memorias atoradas en el tiempo. Una cama que apenas soportaba nuestro peso. La mejor noche de mi vida, sus uñas enterrándose en mi espalda, las marcas de sus dientes en la clavícula, un gemido de placer y las estrellas sobre el mar que nunca vi junto a ella. Un dulce beso de la mirada más triste que contrastaba en un rostro tan hermoso y cedí ante el sueño de una gloriosa paz.

Desperté con el ronroneo de un gato a mi lado, un gato tan flaco que las costillas asomaban más que sus orejas. Lo empujé asustado y salió corriendo. Me puse el boxer y pantalón, lo único en la habitación. Mi hermano, amigos y algunas personas del pueblo llevaban horas buscándome, la Lincoln no estaba, igual que mi cartera, reloj y celular.

Cinco días después firmé ante el altar, con la mirada perdida y una sonrisa que apenas soporté dos años. Los sueños eran los mismo, la muchacha preciosa de la noche inexistente. Me divorcié de la mujer de mi vida y volví al pueblo una vez al mes, al mismo bar durante un año hasta que lo cerraron. Nadie la conocía, ni siquiera había sido vista hasta que me miraron entrar junto a ella aquel día.

La escalera – Pablo Alborán.

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