No pertenezco aquí.

No pertenezco aquí. A ninguna parte. Mentiría si no dijera que necesito alguien que crea en mí pero también lo haría si dijera que lo merezco. No, ni siquiera tú querida, deberías confiar en mí.

El día en que supe de tu existencia me emborraché, salí con mis amigos a un bar e incluso coqueteé con algunas mujeres. Sin ella, sin mi novia, mi amiga, mi maldito y verdadero amor. Porque tú apareciste en medio de nuestras vidas y eso bastó para hacerme enloquecer. Y la odié a ella, por reconocerte desde el inicio, por dotarte de la realidad que yo no deseaba.

La orillé a su peor versión, a las peleas diarias, a la creciente tristeza que cada uno de los meses siguientes le provoqué. Porque no la deseaba, he de reconocer que me mareaba el simple hecho de su presencia. Sus besos ya sabían distinto, un toque de decadencia, como si hubiese envejecido diez años y yo temiera perder el resto de mi vida ahí. ¿Dónde? ¿De qué me perdía exactamente? De mi estupidez, mis ideales de niño de quince años en vez de veinticinco.

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La rechacé una y otra vez, a la mujer con quien tuve sexo en cada una de las habitaciones de mi casa, de quien gozaba el sabor de su salado sudor en mitad del acto, con quién soñaba cada húmeda noche. Dejó de ser la mujer interesante con quién podía conversar noches enteras acerca de las trivialidades de la vida para convertirse en la más molesta. La sensualidad de su cuerpo se transformó en mi vergüenza, aunque estaba más hermosa que nunca.

Y ella murió. Murió para darte paso, para permitirme tenerte aunque eso le diera su fin. Qué estúpido me sentí, me hundí en mis reclamos, en cada uno de los “te lo dije” que no alcancé a pronunciar. Me hundí en la huída de un año o dos que pretendía ante el miedo, porque sabía que ella me amaba tanto que me aceptaría de vuelta. Me hundí en la razón que deseaba darle a mi familia y quitarle a ella, en mi sonrisa burlona ante su próximo cansancio y desesperación. Me hundí en la primera vez que crucé tu mirada y me convertí en el mayor desgraciado.

Creces tan rápido, cada día y con tanta insistencia como si estuvieses corriendo. Me dedicas una sonrisa que no merezco, no merezco ni el brillo más pequeño de tus ojos después de lo que le hice a tu madre.

Creep – Radiohead

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5 respuestas a “No pertenezco aquí.

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